Un 22 de junio de 1986, en el mítico Estadio Azteca, el «Diez» firmó las dos obras más recordadas de la historia de los Mundiales en apenas cuatro minutos. Con la «Mano de Dios» y el «Gol del Siglo», el equipo de Bilardo selló un 2-1 inolvidable cargado de mística y emoción nacional.
Cuatro décadas han pasado, pero el recuerdo sigue tan nítido como aquella tarde en el Estadio Azteca de la Ciudad de México. Este lunes se cumplen 40 años de la actuación individual más descomunal, poética e influyente en la historia del fútbol mundial: el día en que Diego Armando Maradona, con la cinta de capitán en el brazo, condujo a la Selección Argentina a una victoria 2-1 sobre Inglaterra en los cuartos de final de México 1986.
El contexto y el nacimiento del mito
Aquel partido no era un cruce más en el calendario futbolístico. Con las heridas de la Guerra de Malvinas aún a flor de piel tras apenas cuatro años del conflicto bélico, el encuentro cargaba con una atmósfera emocional inmensa para todo el pueblo argentino. Maradona, bajo la dirección técnica de Carlos Salvador Bilardo, asumió esa tremenda responsabilidad histórica y la transformó en una obra de arte y rebeldía pura sobre el césped.
En un ráfaga de solo cuatro minutos del segundo tiempo, Diego escribió dos de las páginas más sagradas del deporte universal:
- La «Mano de Dios»: El gol de la astucia criolla, polémico y desafiante, donde el Diez madrugó al arquero Peter Shilton con un puño imperceptible que abrió el marcador y se instaló para siempre en la memoria popular.
- El «Gol del Siglo»: Una corrida majestuosa e imposible de 10 segundos, arrancando desde campo propio, eludiendo rivales a pura velocidad y dejando desparramada a toda la defensa británica antes de definir con una categoría celestial. Una declaración de grandeza que el relato de Víctor Hugo Morales bautizó como el vuelo del «Barrilete Cósmico».
El camino hacia la gloria eterna
Aunque el delantero inglés Gary Lineker le puso suspenso al marcador descontando sobre el final del encuentro, la mística ya estaba decretada. El triunfo por 2-1 catapultó al seleccionado nacional a las semifinales, sirviendo como la plataforma definitiva para que Argentina, tras vencer posteriormente a Bélgica y a Alemania Federal, se consagrara campeona del mundo.
A 40 años de aquella gesta, el mito de Maradona trasciende lo estrictamente deportivo. Esa tarde en el Azteca, Diego combinó picardía, liderazgo, talento y belleza en estado puro, logrando la expresión máxima de un país entero jugando al fútbol y convirtiendo un partido de cuartos de final en la escena más poderosa y eterna del deporte argentino.







