Al entrar en la recta final del año, el diagnóstico económico argentino se torna más complejo. Si bien existe un consenso sobre la desaceleración de la inflación hacia el 2% mensual, los analistas advierten que la salida de la recesión no será uniforme ni rápida. La gran incógnita del segundo semestre reside en si la mejora de los precios permitirá efectivamente que el consumo interno sea el motor del despegue, o si el ajuste de los salarios reales será demasiado lento para revertir la caída de la actividad.
Uno de los puntos críticos señalados por los expertos es la fragilidad del consumo minorista. A pesar de la baja inflacionaria, las familias atraviesan un proceso de desendeudamiento forzoso y una pérdida de capacidad de compra acumulada. Esto se refleja claramente en el 27% de los deudores que ya acumulan más de 90 días de mora, un indicador de estrés financiero que pone un techo al crecimiento de las ventas. Sin una reactivación del crédito al sector privado, que hoy sigue siendo incipiente, el consumo interno no tiene las herramientas para ser el motor principal de la economía en el corto plazo.

Por otro lado, la actividad industrial y comercial sigue atada a la suerte del sector externo. El crecimiento del Producto Bruto Interno para este año depende casi exclusivamente del desempeño exportador del agro, la minería y la energía. Mientras estos sectores logran divisas, el área de la construcción intenta salir de su parálisis histórica, aunque depende casi por completo de la implementación de las nuevas licitaciones de obra pública vía concesiones privadas. Si este mecanismo no toma velocidad en los próximos meses, el sector seguirá estancado en niveles mínimos.

A esto se suma la tensión cambiaria. La gran expectativa del sector privado es la normalización definitiva del acceso a divisas, ya que sin un horizonte de previsibilidad sobre el tipo de cambio y la eliminación de restricciones, la inversión en bienes de capital sigue siendo postergada. Los analistas coinciden en que la estabilidad financiera es necesaria pero no suficiente: el sector productivo necesita, además, un sendero claro de competitividad que le permita, no solo sobrevivir a la recesión, sino proyectar una expansión sostenible en un contexto de apertura económica.
Finalmente, el gran desafío del segundo semestre es la inversión privada. El modelo económico actual ha logrado un ordenamiento macroeconómico y una mejora en los mercados financieros que los inversores celebran, pero esa confianza no se ha trasladado aún a la economía real. La recuperación sigue siendo, en palabras de los economistas, un rebote técnico heterogéneo: mientras que los sectores exportadores funcionan a pleno, el mercado interno continúa procesando el impacto de la transición. En resumen, la economía muestra signos de haber encontrado un piso, pero el despegue definitivo está supeditado a que la recuperación del ingreso de las familias logre superar la inercia de la crisis y a que la inversión se anime, finalmente, a pasar del plano financiero al productivo.








