Cada 20 de julio, el país entero se moviliza para celebrar la amistad. La fecha, que hoy es un pilar de nuestra cultura, fue ideada por un polifacético bonaerense que vio en el alunizaje del Apolo 11 en 1969 el símbolo máximo de la unión humana.
Cada 20 de julio, miles de personas se reúnen a lo largo y ancho del país para celebrar el Día del Amigo, una fecha con una mística única que ya forma parte indiscutible de nuestra identidad cultural. Sin embargo, lo que muchos desconocen en medio de la organización de las juntadas es que esta tradición —que logró trascender las fronteras de nuestra patria— nació de la mente de un argentino que supo reinterpretar uno de los hitos científicos más importantes del siglo XX para transformarlo en un emblema de los lazos humanos.
El gran artífice de esta celebración fue Enrique Ernesto Febbraro, un vecino nacido en Buenos Aires en 1924, cuya vida estuvo marcada por una asombrosa cantidad de facetas profesionales: fue profesor, filósofo, odontólogo, psicólogo, músico y locutor de radio. Su enorme vocación comunitaria lo llevó a ser nombrado ciudadano ilustre de Lomas de Zamora y a erigirse como socio fundador de diversas sedes del Rotary Club.
La chispa de la inspiración lo tomó por sorpresa el 20 de julio de 1969. Mientras la humanidad entera contenía el aliento frente a los televisores observando el histórico alunizaje de la misión Apolo 11, Febbraro vio más allá de la hazaña tecnológica. Para él, que un hombre pisara la Luna demostraba que el mundo era capaz de alcanzar objetivos que parecían imposibles si se trabajaba con un fin común. Aquella profunda reflexión decantó en una premisa que se convirtió en el lema eterno de la fecha:

«Un pueblo de amigos es una nación imbatible».
Una cruzada de mil cartas que dio la vuelta al mundo
Antes de que los astronautas estadounidenses emprendieran el viaje de regreso a la Tierra, Febbraro ya había redactado una carta formal con su propuesta. Obsesivo y apasionado, tradujo el texto a varios idiomas, imprimió cerca de mil copias de su puño y letra, y las despachó por correo postal a diferentes sedes rotarias y organizaciones civiles ubicadas en casi un centenar de países.
La respuesta global superó cualquier expectativa optimista, ya que recibió entre 700 y 800 cartas de apoyo desde los rincones más diversos del planeta. Con ese valioso respaldo internacional, Febbraro inició una extensa peregrinación durante la década de 1970 ante ministerios, entidades religiosas y organismos gubernamentales para oficializar la fecha. En 1972 patentó la propiedad intelectual del Día del Amigo y, en un gesto de absoluta grandeza, cedió de forma gratuita los derechos comerciales al Rotary Club de Lomas de Zamora para evitar que el festejo fuera desvirtuado con fines puramente mercantilistas.
La consagración institucional llegó de manera escalonada: en 1979, la Ciudad de Buenos Aires oficializó la efeméride por decreto, y el 29 de noviembre de 1983, la provincia de Buenos Aires declaró a Lomas de Zamora como la «Capital Provincial de la Amistad». Con el correr de los años, el festejo cruzó las fronteras y fue adoptado con fuerza en Uruguay, Brasil, Chile y España. Aunque en 2011 la ONU fijó el 30 de julio como el Día Internacional de la Amistad, el arraigo del 20 de julio sigue siendo inquebrantable para los argentinos.
Un legado que le valió dos nominaciones al Nobel
El incansable trabajo humanitario de Enrique Febbraro en pos de la paz, la fraternidad universal y la solidaridad civil no pasó desapercibido en los círculos internacionales, al punto de haber sido postulado en dos oportunidades como candidato al prestigioso Premio Nobel de la Paz.
El odontólogo y filósofo falleció el 4 de noviembre de 2008 a los 84 años de edad, pero dejó como herencia social una jornada que año tras año, sin importar las crisis ni el clima, convoca a millones de personas alrededor de una mesa para brindar por la lealtad, celebrar los afectos compartidos y recordar que la amistad es la herramienta más poderosa para construir una sociedad mejor.







