El bolsonarismo descubre que puede vivir sin Bolsonaro
Por Santiago Cofone para Diario Colón Digital de San Juan
La primera vuelta brasileña dejó una paradoja que puede modificar el mapa político de América Latina. Lula todavía puede ganar el balotaje del 25 de octubre. Pero el verdadero acontecimiento político del domingo fue otro: el bolsonarismo acaba de demostrar que puede sobrevivir a Jair Bolsonaro. Y, más inquietante todavía para el PT, que puede crecer sin él.
La primera lectura de una elección suele ser aritmética.
Flávio Bolsonaro obtuvo 47,03% de los votos válidos. Luiz Inácio Lula da Silva, 45,16%. Ninguno alcanzó la mayoría necesaria y Brasil deberá regresar a las urnas el 25 de octubre.
Menos de dos puntos separan a los candidatos.
Pero la política comienza precisamente donde termina la aritmética.
Porque lo ocurrido en Brasil no consiste solamente en que un candidato haya obtenido dos puntos más que otro. Lo verdaderamente significativo es que Lula, presidente en ejercicio, líder histórico del Partido de los Trabajadores y figura dominante de la política brasileña durante casi un cuarto de siglo, llegó a una elección que esperaba encabezar y terminó corriendo desde atrás.
Flávio Bolsonaro, en cambio, consiguió algo que hasta hace pocos meses no parecía evidente: transformar la herencia política de su padre en una fuerza electoral propia.
Las encuestas tampoco anticiparon correctamente la magnitud del fenómeno. Distintas mediciones habían colocado a Lula por delante. El resultado invirtió el orden.
No es solamente un problema metodológico.
Es un dato político.
Porque vuelve a aparecer una dificultad que ya se había insinuado en 2022: una parte del electorado conservador brasileño parece expresarse con mayor intensidad en las urnas que en los estudios de opinión.
La sorpresa, por eso, no consiste únicamente en que Bolsonaro haya ganado la primera vuelta.
Consiste en preguntarse dónde estaba ese voto que las encuestas no terminaron de ver.
La aritmética del balotaje
Claudio Fantini formuló, inmediatamente después de conocerse el resultado, una hipótesis que probablemente constituya uno de los interrogantes centrales de las próximas tres semanas: buena parte de los votos correspondientes a las candidaturas que quedaron eliminadas pertenece a distintas expresiones de la derecha y la centroderecha.
Si esos porcentajes se trasladaran mecánicamente a Flávio Bolsonaro, el balotaje estaría prácticamente resuelto.
Pero los votos no pertenecen a los candidatos.
Pertenecen a los votantes.
Y ésa es una diferencia decisiva.
Una parte de quienes eligieron alternativas conservadoras probablemente se desplace hacia Bolsonaro. Otra puede abstenerse. Otra puede votar en blanco o anular su voto. Incluso existe un segmento que podría escoger a Lula como instrumento de rechazo al apellido Bolsonaro.
Por eso sería intelectualmente pobre sumar porcentajes y anunciar un ganador.
Sin embargo, aun introduciendo esa precaución, la geometría electoral inicial parece favorecer a Flávio.
Lula necesita convencer a ciudadanos que no lo eligieron en primera vuelta y que se encuentran mayoritariamente a su derecha.
Bolsonaro necesita reunir a electores que, aunque hayan elegido otros candidatos, comparten con él una parte importante de su diagnóstico sobre Brasil.
No es una diferencia menor.
Lula debe conquistar.
Flávio, en buena medida, debe reunir.
Ésa es probablemente la primera ventaja estructural con la que el candidato del PL llega al balotaje.
Pero existe otra mucho más profunda.
El Bolsonarismo sin Jair
Durante años se discutió si existía realmente un bolsonarismo o si aquello que denominábamos de ese modo era simplemente la formidable capacidad de movilización personal de Jair Mesias Bolsonaro.
La elección del domingo ofrece una primera respuesta. Existe.
Jair Bolsonaro no fue candidato. Está condenado y fuera de la competencia electoral. Sin embargo, el movimiento político que construyó no desapareció con su exclusión.
Su hijo obtuvo incluso un desempeño en primera vuelta superior al conseguido por el propio Jair frente a Lula cuatro años atrás.
Ese dato merece ser observado con atención.
Los movimientos políticos alcanzan una dimensión diferente cuando consiguen sobrevivir a sus fundadores. Mientras dependen exclusivamente de ellos, son liderazgos personales. Cuando comienzan a transferirse, se transforman en identidades políticas.
Eso es precisamente lo que puede estar ocurriendo en Brasil.
Flávio recibió el apellido, la estructura territorial, los símbolos, los adversarios y buena parte de la base electoral construida por su padre. Pero hizo algo adicional. Modificó el envase.
Jair Bolsonaro necesitaba convertir permanentemente la política en confrontación. Flávio conservó buena parte del núcleo ideológico del bolsonarismo, pero procuró disminuir algunos de sus componentes más abrasivos.
Intentó transmitir previsibilidad económica. Se presentó ante los mercados como una versión más moderada de su padre. Habló de disciplina fiscal, privatizaciones, reducción del gasto y disminución de impuestos. No abandonó el bolsonarismo. Intentó hacerlo más digerible.
El padre necesitaba incendiar el escenario para ocupar su centro.
El hijo parece haber comprendido que podía heredar el incendio sin necesidad de encender un fósforo todos los días.
La operación política es evidente: conservar la identidad emocional construida por Jair Bolsonaro y reducir simultáneamente el rechazo que provocaba su personalidad.
En otras palabras, quedarse con los beneficios electorales del padre procurando no pagar todos sus costos. Y la primera vuelta indica que la estrategia funcionó.
714 Municipios
Hay un número que permite comprender mejor la magnitud del fenómeno. 714.
Son los municipios que habían votado mayoritariamente a Lula en la primera vuelta de 2022 y que ahora eligieron a Flávio Bolsonaro.
El movimiento inverso prácticamente no existió: Lula no consiguió arrebatarle a Bolsonaro ninguno de los municipios que cuatro años atrás habían dado mayoría a Jair.
Minas Gerais aporta 178 de esos vuelcos. Rio Grande do Sul, 134. También hubo retrocesos petistas en áreas de la Amazonia Legal y un fortalecimiento del voto conservador en territorios donde el bolsonarismo ya era dominante. El dato cambia la interpretación.
Porque una cosa es conservar una coalición electoral. Otra es expandirla.
Flávio no se limitó a administrar la herencia política de su padre. Avanzó sobre territorios que cuatro años antes habían pertenecido electoralmente a Lula.
En el eje de la BR-163, por ejemplo, donde el bolsonarismo ya era extraordinariamente fuerte, Flávio incluso superó los porcentajes obtenidos por Jair en 2022.
Esto sugiere que la elección no fue simplemente una reedición del enfrentamiento anterior con protagonistas parcialmente distintos. Hubo movimiento.
Y ese movimiento tuvo una dirección predominante. De Lula hacia Bolsonaro.
Ésa quizá sea una de las noticias más preocupantes para el PT.
Porque una derrota puede atribuirse a una mala campaña, a una coyuntura económica o a un candidato adversario excepcionalmente competitivo.
Pero cuando comienzan a desplazarse territorios electorales completos, el problema adquiere otra naturaleza. Empieza a parecerse a un cambio de clima político.
Lula puede ganar y, sin embargo, haber perdido
Éste quizá sea el aspecto más paradójico de la elección. Lula todavía puede ganar.
Sería absurdo declarar terminado el proceso cuando faltan tres semanas para el balotaje y menos de dos puntos separaron a los candidatos.
El PT conserva una organización formidable. Lula mantiene capacidad de movilización. El recuerdo del gobierno de Jair Bolsonaro continúa generando rechazo en una parte considerable de la sociedad. Y el temor al regreso del apellido Bolsonaro al Palacio del Planalto puede concentrar nuevamente votos progresistas, moderados e incluso conservadores institucionalistas.
Pero aun si Lula consiguiera ganar el 25 de octubre, la elección ya parece estar diciendo algo acerca del lulismo. Su problema no es solamente electoral. Es histórico.
Lula tiene 80 años y continúa siendo, casi un cuarto de siglo después de su primera llegada a la presidencia, la figura indispensable de la izquierda brasileña.
Aquello que durante décadas constituyó la principal fortaleza del PT comienza a parecerse también a su mayor debilidad. No hay sucesión.
El partido produjo ministros, gobernadores, legisladores, dirigentes nacionales y hasta una presidenta de la República. Pero no produjo otro Lula.
Y cuando una organización necesita regresar una y otra vez a su fundador para conservar competitividad, la longevidad del líder termina revelando la fragilidad de la estructura.
La paradoja brasileña resulta extraordinaria.
La derecha acaba de demostrar que puede transferir el liderazgo de un Bolsonaro a otro.
La izquierda continúa dependiendo del mismo hombre que la llevó por primera vez al poder en 2002.
Uno de los movimientos parece estar resolviendo su sucesión. El otro continúa postergándola.
Por eso la pregunta que comienza a instalarse en Brasil no es solamente quién gobernará desde enero, es quién gobernará políticamente el espacio que algún día deje Lula.
El país que se movió a la derecha
Existe otro dato que impide reducir el resultado a una competencia personal.
El desplazamiento también apareció en el Congreso.
El Partido Liberal obtuvo 121 diputados y quedó convertido en la bancada más numerosa de la Cámara. La federación integrada por PT, PCdoB y PV quedó con 82.
El PL también avanzó fuertemente en el Senado: pasará de 15 a 28 senadores en 2027.
El fenómeno, por lo tanto, excede a Flávio Bolsonaro.
La derecha no solamente consiguió un candidato presidencial competitivo.
Construyó poder institucional, y eso modifica completamente la lectura del balotaje.
Porque aun si Lula consiguiera revertir la elección presidencial, podría comenzar un cuarto mandato enfrentándose a un sistema político desplazado hacia la derecha.
Ser presidente no significa necesariamente controlar el poder. Brasil conoce especialmente bien esa diferencia.
Su presidencialismo obliga a construir complejas coaliciones parlamentarias. Un Ejecutivo sin mayoría debe negociar permanentemente presupuesto, legislación, cargos y recursos con un Congreso fragmentado y extraordinariamente poderoso.
Una victoria de Lula, por lo tanto, no restauraría automáticamente el Brasil político anterior.
Podría producirse algo mucho más paradójico.
Lula podría ganar la presidencia de un país que políticamente se desplazó en dirección contraria a él.
Sería una victoria electoral acompañada por una derrota cultural.
Y quizá allí se encuentre la dimensión más profunda de lo ocurrido el domingo.
La economía que crece y el elector que no lo siente
Existe además otra explicación para comprender el resultado, y probablemente sea la que más debería interesar en la Argentina.
Brasil no llegó a esta elección atravesando un colapso macroeconómico.
El desempleo se encuentra en niveles históricamente bajos. La inflación se moderó. Existen indicadores de actividad que permiten al gobierno defender su gestión. Sin embargo, una elección no se vota dentro de una planilla. Se vota desde una casa.
Y entre la macroeconomía que observa un ministro y la economía que experimenta una familia puede existir una distancia enorme.
El costo de vida continuó siendo una preocupación central. Los alimentos golpearon especialmente la percepción de los hogares. El endeudamiento familiar permaneció elevado. Seguridad, corrupción y una sensación general de desgaste completaron el cuadro.
Éste es probablemente uno de los problemas más complejos que enfrentan actualmente los gobiernos democráticos.
La recuperación estadística ya no garantiza recuperación política.
Puede bajar la inflación y permanecer la memoria de los precios. Puede crecer el empleo y persistir la sensación de precariedad. Puede mejorar el salario real y continuar la percepción de que aquello que antes era accesible dejó de serlo. Puede ordenarse una variable macroeconómica sin que se reconstruya la expectativa de progreso.
El ciudadano no compara necesariamente el dato actual con el dato del año anterior.
Lo compara con aquello que cree que debería poder comprar, ahorrar o proyectar.
Y cuando esa expectativa no coincide con el discurso oficial aparece una fractura peligrosa.
El gobierno comienza a hablar de una economía que el ciudadano no reconoce como propia.
El mercado votó el lunes
La reacción financiera posterior a la elección agregó otra fotografía. El real llegó a apreciarse más de 4% frente al dólar. Los futuros del Ibovespa registraron fuertes subas y también mejoraron distintos activos brasileños. Los mercados no votan, pero interpretan, y la interpretación inicial fue inequívoca.
Una parte significativa del mundo financiero considera que una eventual presidencia de Flávio Bolsonaro podría implicar mayor disciplina fiscal, privatizaciones y una orientación económica más favorable a la inversión privada. Nada garantiza que esas expectativas vayan a cumplirse. Pero políticamente importa que existan.
Flávio está intentando construir una versión económicamente previsible del movimiento fundado por su padre.
Si consigue consolidar esa percepción, puede agregar a la base bolsonarista tradicional otro actor decisivo: sectores empresarios y financieros que quizá no compartan completamente la cultura política del movimiento, pero sí prefieran su programa económico.
Otra vez aparece la misma operación. Conservar el voto identitario de Jair y agregarle aquello que Jair tenía dificultades para captar.
La elección que las encuestas no vieron
Hay además otro derrotado silencioso. Las encuestas.
No porque hayan cometido necesariamente un error extraordinario desde el punto de vista estadístico, sino porque volvieron a equivocarse en una dirección políticamente significativa. Lula aparecía primero. Bolsonaro terminó primero.
Algo semejante había ocurrido en 2022, cuando Jair Bolsonaro rindió considerablemente mejor de lo que sugerían varias mediciones previas. El problema merece algo más que una discusión técnica.
Si determinados electorados antisistema o conservadores son captados sistemáticamente por debajo de su desempeño real, entonces existe una parte del comportamiento político contemporáneo que las herramientas tradicionales están interpretando con dificultad.
Puede haber votantes menos dispuestos a responder encuestas. Puede existir voto tardío. Puede haber diferencias de movilización. Puede haber problemas para representar determinados segmentos sociales.
Pero cuando el error se repite en la misma dirección deja de ser políticamente irrelevante.
El factor Milei
Para la Argentina, la elección brasileña posee una importancia excepcional.
Brasil no es simplemente otro país de América Latina, es la mayor economía sudamericana, el principal socio comercial argentino y el actor inevitable alrededor del cual se organiza buena parte del equilibrio político regional.
La relación entre Javier Milei y Lula nunca fue naturalmente cómoda.
Representan tradiciones ideológicas antagónicas, poseen concepciones distintas acerca del Estado y de la integración regional y se encuentran insertos en universos políticos diferentes.
La tensión llegó incluso al terreno diplomático durante 2026. Una victoria de Flávio Bolsonaro modificaría esa geometría de manera radical.
Milei encontraría en Brasilia un gobierno ideológicamente mucho más próximo. La relación entre las dos mayores economías del Mercosur dejaría de estar atravesada por la anomalía de dos presidentes que necesitan comerciar mientras políticamente desconfían uno del otro.
Pero existe una dimensión todavía mayor. Milei intenta desde hace tiempo proyectarse más allá de la política argentina como parte de una corriente internacional de derecha.
Su relación con Donald Trump y su acercamiento al universo bolsonarista forman parte de esa construcción. Un triunfo de Flávio le permitiría incorporar Brasil a ese mapa.
Argentina y Brasil quedarían gobernados simultáneamente por expresiones de una nueva derecha regional, en un continente donde otros procesos políticos también vienen erosionando la antigua hegemonía de la izquierda latinoamericana.
El cambio sería geopolítico. Pero también narrativo.
Porque Milei podría presentar una victoria de Bolsonaro como evidencia de que el giro argentino iniciado en 2023 no fue una anomalía nacional sino el anticipo de una transformación regional.
Brasil sería la pieza que convierte una tendencia en un sistema.
2027: El espejo argentino
Pero aquí comienza probablemente la parte más interesante del análisis.
Porque la elección que entusiasma ideológicamente a Milei contiene simultáneamente una advertencia para Milei. Lula llegó a las urnas exhibiendo indicadores macroeconómicos que un gobierno puede razonablemente considerar positivos. No alcanzaron para garantizar una mayoría electoral. ¿Por qué?
Porque el ciudadano no vota únicamente la macroeconomía. Vota su traducción.
Y esa diferencia puede convertirse en uno de los problemas centrales de la elección argentina de 2027.
El gobierno de Milei construyó buena parte de su legitimidad alrededor de una promesa: estabilizar una economía que parecía haber perdido toda referencia.
La caída de la inflación y el ordenamiento macroeconómico constituyen el corazón político de esa narrativa. Pero hacia 2027 la pregunta probablemente será diferente. Ya no alcanzará con demostrar que la inflación bajó.
Habrá que demostrar qué produjo esa baja. La discusión pasará del orden a la prosperidad. Del equilibrio fiscal al ingreso. De la estabilización a la movilidad social. De la macroeconomía a la vida cotidiana, y ésa es exactamente la frontera que Brasil acaba de mostrar.
Los ciudadanos pueden reconocer que una economía mejoró y, simultáneamente, considerar que su propia economía no mejoró lo suficiente. No existe contradicción entre ambas percepciones. Existe política.
Por eso Brasil debería ser observado por el oficialismo argentino con algo más que entusiasmo ideológico. También con atención estratégica.
Porque una sociedad puede agradecer a un gobierno haber evitado una crisis y, dos años después, preguntarle qué hizo con la estabilidad conseguida. Son dos contratos electorales diferentes. Milei ganó en 2023 prometiendo ruptura. Su eventual reelección en 2027 no se decidirá solamente por cuánto haya roto.
Se decidirá por aquello que haya conseguido construir después.
Los cuartos argentinos
Existe además una conexión con la reconfiguración política argentina que venimos observando. Cristina Kirchner anticipó que, mientras la elección de 2023 había sido una elección de tercios, la de 2027 podía transformarse en una elección de cuartos.
La hipótesis adquiere una dimensión adicional cuando se observa Brasil.
Porque la fragmentación de los sistemas políticos no significa necesariamente que todas las fuerzas fragmentadas posean la misma capacidad de llegar al momento decisivo.
La primera vuelta brasileña demuestra exactamente lo contrario. Puede haber muchas candidaturas. Pero finalmente el poder vuelve a concentrarse alrededor de dos polos capaces de absorber a los demás.
Ésa puede ser una de las preguntas centrales de la Argentina de 2027. No solamente cuántos cuartos existirán, sino quién será capaz de comerse a los otros cuartos.
La Libertad Avanza intentará consolidar alrededor de Milei todo el espacio de derecha y centroderecha.
El peronismo buscará reconstruir una mayoría alrededor de una identidad que todavía debe resolver liderazgo, programa y sucesión.
Y entre ambos pueden sobrevivir expresiones provinciales, radicales, peronistas no kirchneristas o de centro que aspiren a romper la polarización. Pero Brasil recuerda una regla elemental, la fragmentación existe hasta que aparece el poder.
Cuando la posibilidad concreta de gobernar se aproxima, los electores comienzan a reagruparse. El interrogante argentino, por eso, no será solamente si habrá cuatro espacios.
Será cuáles de esos cuatro llegarán vivos al momento en que la sociedad decida quién puede realmente gobernar.
El problema de las sucesiones
Existe finalmente un paralelismo todavía más incómodo. Brasil está discutiendo qué viene después de Lula. Argentina continúa discutiendo qué viene después de Cristina Kirchner.
No son fenómenos idénticos, pero contienen una dificultad semejante.
Los liderazgos extraordinariamente prolongados poseen una virtud electoral y una debilidad sucesoria, ordenan mientras existen, desordenan cuando deben ser reemplazados.
El PT no consiguió todavía producir un dirigente capaz de reemplazar electoral y simbólicamente a Lula.
El peronismo argentino tampoco ha resuelto completamente qué identidad tendrá cuando Cristina deje definitivamente de organizar una parte considerable de su vida interna.
En ambos casos existe una pregunta que las organizaciones postergaron durante años.
¿Cómo se hereda un liderazgo que fue construido precisamente sobre la idea de que nadie podía reemplazarlo?
El bolsonarismo acaba de ofrecer una respuesta rudimentaria pero eficaz. Lo convirtió literalmente en una herencia. El apellido permaneció. Cambió el candidato.
No sabemos todavía si esa transferencia será suficiente para ganar la presidencia, pero sabemos algo que hasta el domingo no sabíamos, fue suficiente para ganar la primera vuelta.
El 25 de octubre
Faltan tres semanas. En términos electorales es mucho tiempo.
Lula conserva recursos políticos enormes y seguramente intentará convertir el balotaje en un plebiscito sobre la democracia, las instituciones y el recuerdo del gobierno de Jair Bolsonaro. Flávio intentará exactamente lo contrario, convertirlo en un plebiscito sobre Lula. Ésa será probablemente la verdadera disputa.
El PT necesita que el apellido Bolsonaro vuelva a significar Jair. Flávio necesita que Lula represente el pasado. Uno intentará nacionalizar el miedo, el otro, el cansancio.
Por eso la elección ya no se decidirá solamente entre izquierda y derecha, se decidirá entre dos emociones políticas. El temor al regreso de aquello que una parte de Brasil rechazó en 2022, y el deseo de terminar con un ciclo que otra parte de Brasil considera agotado.
El resultado de la primera vuelta indica que, por ahora, el cansancio avanzó más que el miedo, pero existe algo que el balotaje ya no podrá modificar, durante más de veinte años, Brasil organizó buena parte de su vida política alrededor de dos hombres.
Lula da Silva y Jair Bolsonaro, uno construyó el lulismo, el otro construyó el bolsonarismo.
La elección de 2026 puede estar marcando el comienzo de una etapa diferente.
Jair ya no está en la boleta y su movimiento obtuvo 47,03%, Lula todavía está en ella y obtuvo 45,16%.
En esa diferencia se esconde una pregunta mucho más grande que los menos de dos puntos que separaron a los candidatos.
¿Qué ocurre cuando un movimiento descubre que puede vivir sin su fundador mientras el otro descubre que todavía no sabe cómo hacerlo?
Tal vez ésa sea la verdadera noticia política que Brasil le está anticipando a América Latina.
Y quizá también a la Argentina, porque el 25 de octubre Brasil elegirá un presidente.
Pero el domingo pasado ya comenzó a elegir otra cosa: la política que vendrá después de sus grandes líderes.








