La indignación social en San Juan llegó a un punto límite. Este miércoles 7 de octubre, miles de trabajadores, estudiantes, docentes y familias completas amanecieron con una de las postales más frustrantes y reiteradas: las paradas desiertas, la circulación nula y un paro intempestivo de colectivos dispuesto por la Unión Tranviarios Automotor (UTA). La medida de fuerza se tomó de espaldas a la gente, sin previo aviso oficial ni margen de maniobra, dejando a la provincia en jaque y a los usuarios librados a su suerte en las calles.
El impacto del paro salvaje fue devastador para la rutina cotidiana. Cientos de sanjuaninos perdieron presentismos, vieron peligrar sus jornales en comercios y fábricas, o debieron pagar tarifas abusivas y exorbitantes en aplicaciones de viajes y remises que especulan y multiplican sus precios ante la desesperación colectiva. En el ámbito educativo, el Ministerio de Educación tuvo que declarar de urgencia la justificación de inasistencias y congelar el calendario: se ordenó no tomar evaluaciones ni dictar contenidos nuevos en las escuelas, un paliativo necesario ante la emergencia que, al mismo tiempo, desnuda la pérdida irreparable de tiempo y aprendizaje para niños, jóvenes y maestros.
El secretario de Tránsito y Transporte, Marcelo Molina, calificó a los ciudadanos como verdaderos «rehenes» y confirmó que el Gobierno evalúa aplicar multas severas a las empresas concesionarias por abandonar sus contratos de servicio público, al tiempo que investigan amenazas hacia choferes que intentaban salir a cumplir sus recorridos. La justificación de fondo —un reclamo por escalas salariales atrasadas— no disimula la histórica desidia del sistema. Mientras las empresas y el sindicato pujan por subsidios y exigen aumentos permanentes del boleto, el servicio en la calle es paupérrimo: unidades sin aire acondicionado en una provincia de temperaturas extremas, falta total de higiene, desprecio por las frecuencias horarias, maniobras imprudentes al volante que derivan en siniestros viales y un destrato constante hacia el pasajero. El bolsillo del laburante ya no tolera financiar la inoperancia de un transporte que cuesta cada vez más caro y funciona cada vez peor.








