Por Redacción de Diario Colón
La crisis económica, el agotamiento del macronismo y la transformación cultural de una República que comienza a preguntarse qué será de sí misma después de 2027.
Francia vuelve a arder. Pero las llamas que iluminaron las calles de París y otras ciudades francesas durante las últimas jornadas no explican por sí solas lo que está ocurriendo. Son apenas la manifestación más visible de una crisis que lleva años incubándose en el corazón de la República y que compromete simultáneamente la capacidad económica del Estado, la legitimidad de sus instituciones y la continuidad de una identidad cultural construida durante siglos.
La Francia de Emmanuel Macron se aproxima al final de un ciclo político que comenzó en 2017 con la promesa de superar las viejas divisiones entre izquierda y derecha. Nueve años después, aquellas divisiones no solamente subsisten, sino que reaparecen con renovada intensidad. El centro político que Macron pretendió convertir en el nuevo eje de la República enfrenta dificultades para organizar su sucesión, mientras la izquierda radical encuentra en las calles un espacio de protagonismo y la derecha nacionalista disputa una interpretación de la crisis que va mucho más allá de los problemas económicos.
Detrás de esa inestabilidad aparece una contradicción que atraviesa buena parte de Europa: sociedades que reclaman mayores prestaciones públicas, Estados que acumulan compromisos financieros crecientes y dirigencias políticas cada vez más condicionadas por la necesidad de explicar cómo financiarán las promesas que formulan.

Pero Francia tiene una particularidad. Su crisis económica y política coincide con una transformación demográfica, religiosa y cultural que reabre interrogantes sobre la identidad nacional, la laicidad y la vigencia de los principios republicanos. En una sociedad cuya tradición histórica combina la herencia cristiana, la presencia judía, la Ilustración y el universalismo republicano, la inmigración y la creciente diversidad cultural han introducido nuevos desafíos para la convivencia.
Francia no enfrenta, por lo tanto, una crisis aislada. Enfrenta varias crisis que se superponen y que, aunque tienen causas diferentes, contribuyen a profundizar el desgaste de las instituciones.
El sábado 17 de octubre, entre 550.000 y 800.000 personas participaron en manifestaciones contra el encarecimiento de la vida y el deterioro de los servicios públicos, según las estimaciones del gobierno y de los organizadores. Lo que había comenzado semanas antes como una protesta de estudiantes secundarios terminó incorporando a trabajadores, sindicatos y sectores vinculados con los antiguos chalecos amarillos. La jornada derivó en graves disturbios, saqueos y ataques contra edificios públicos. En Limoges, el incendio del ayuntamiento se convirtió en una de las imágenes más impactantes de la revuelta. También hubo enfrentamientos en París, Lyon, Marsella y otras ciudades.
La violencia no fue protagonizada por la totalidad de los manifestantes. Sin embargo, sus consecuencias políticas adquirieron una dimensión superior a los daños materiales. Cada edificio incendiado parecía confirmar, para quienes cuestionan al gobierno, la creciente dificultad del Estado para garantizar el orden. Para quienes participaban pacíficamente de las movilizaciones, los disturbios amenazaban con desplazar el centro de atención desde las reivindicaciones sociales hacia los problemas de seguridad.
Macron condenó la violencia y reclamó sanciones para sus responsables, pero reconoció la legitimidad de las protestas pacíficas. Esa doble posición revela la dificultad que enfrenta el poder: restablecer el orden sin transformar una rebelión social heterogénea en un enfrentamiento generalizado con la población.
La comparación con los chalecos amarillos de 2018 resulta inevitable. Aquel movimiento nació del rechazo a una medida tributaria sobre los combustibles y terminó expresando un malestar mucho más profundo. Puso de manifiesto la distancia entre una dirigencia política concentrada en París y amplios sectores sociales que consideraban que sus condiciones de vida se deterioraban mientras el poder les exigía nuevos sacrificios.

Ocho años después, buena parte de aquella discusión continúa abierta. La diferencia es que ahora el gobierno dispone de un margen político más estrecho y enfrenta restricciones económicas más severas.
Al finalizar el segundo trimestre de 2026, la deuda pública francesa alcanzaba los 3,595 billones de euros, equivalentes al 119 % del producto interno bruto. Solo durante ese trimestre se había incrementado en casi 60.000 millones de euros. Estas cifras no constituyen simplemente un problema contable. Expresan una situación que condiciona progresivamente la capacidad del Estado para atender nuevas demandas sin aumentar los impuestos, reducir otros gastos o recurrir a mayor endeudamiento.
Francia construyó durante generaciones uno de los sistemas de protección social más extensos del continente. La educación, la salud, las jubilaciones y las numerosas prestaciones públicas forman parte de una concepción del Estado profundamente arraigada en la sociedad. Ese modelo contribuyó a la estabilidad democrática y al bienestar de millones de ciudadanos, pero su sostenimiento requiere una relación entre crecimiento económico, productividad, recaudación y gasto público que hoy presenta dificultades crecientes.
El problema no consiste exclusivamente en cuánto gasta el Estado. También importa cómo gasta, qué resultados obtiene y de qué manera distribuye los costos de su financiamiento. Una sociedad puede aceptar cargas tributarias elevadas cuando considera que recibe servicios adecuados y que los sacrificios se reparten de manera razonablemente equitativa. Cuando esa percepción comienza a debilitarse, la legitimidad de las políticas públicas también se resiente.
Allí aparece la paradoja que atraviesa la crisis francesa: cuanto más evidentes resultan las restricciones financieras, mayor parece ser la demanda social de intervención estatal. Los ciudadanos reclaman mejores escuelas, hospitales, salarios y viviendas, mientras el gobierno necesita contener el déficit. Cada intento de reducir el gasto provoca resistencias. Cada postergación de las reformas incrementa las obligaciones futuras. Y cada nueva promesa política agrega compromisos a una estructura presupuestaria que ya encuentra dificultades para sostener los existentes.
No significa que el Estado de bienestar esté necesariamente condenado. Significa que su continuidad exige decisiones económicas y acuerdos políticos que ningún gobierno puede eludir indefinidamente.
Macron enfrenta esta contradicción en el tramo final de una presidencia que nació con una considerable ambición reformista. Su proyecto pretendía modernizar Francia y superar la tradicional organización partidaria. Consiguió desplazar a las fuerzas que durante décadas habían estructurado la competencia electoral, pero no logró sustituirlas por un sistema de acuerdos suficientemente estable.
El macronismo terminó dependiendo en gran medida de la autoridad personal de su fundador. Esa fortaleza inicial se convirtió, con el transcurso de los años, en una vulnerabilidad. A medida que se aproxima la sucesión presidencial de 2027, el movimiento oficialista debe resolver cómo preservar su identidad política sin el liderazgo electoral de quien le dio origen. La fragmentación parlamentaria agrava esa dificultad. Gobernar exige negociar con fuerzas que mantienen diferencias sustanciales en materia económica, social y cultural. Y esas negociaciones se desarrollan en un contexto donde la proximidad de las elecciones incentiva a los partidos a diferenciarse antes que a compartir los costos de decisiones impopulares.
Jean-Luc Mélenchon y La Francia Insumisa encuentran en las movilizaciones una oportunidad para reforzar su crítica a las políticas económicas del gobierno. Desde esa perspectiva, la crisis expresa el deterioro de los servicios públicos, las desigualdades y la resistencia social frente a medidas consideradas regresivas. Marine Le Pen y la Agrupación Nacional plantean un diagnóstico diferente. Su discurso relaciona los problemas económicos con la pérdida de autoridad estatal, la inseguridad, la inmigración y las dificultades de integración. La crisis presupuestaria aparece así vinculada con una discusión más amplia sobre la soberanía y la identidad nacional.
Ambas corrientes cuestionan al macronismo, pero sus respuestas son profundamente distintas. La izquierda radical privilegia una interpretación distributiva del conflicto; la derecha nacionalista incorpora con especial intensidad las dimensiones de seguridad, inmigración y pertenencia cultural.
Lo significativo no es solamente la confrontación electoral que se aproxima. Es la disputa por definir qué está ocurriendo realmente en Francia. Porque en política, quien consigue instalar una explicación convincente de la crisis adquiere también capacidad para organizar el debate sobre sus posibles soluciones.
Y es precisamente en ese terreno donde aparece una cuestión que ninguna interpretación exclusivamente económica alcanza a resolver: la transformación cultural de Francia y el lugar que ocuparán sus tradiciones históricas en las próximas generaciones.

La inmigración procedente del norte de África, Turquía, Oriente Medio y otras regiones ha contribuido a modificar la composición religiosa y cultural de la sociedad francesa. Sus consecuencias pueden observarse en la vida cotidiana, la educación, las costumbres y las controversias acerca del lugar de la religión en el espacio público. Muchos descendientes de aquellas primeras generaciones migratorias son hoy ciudadanos franceses, nacidos y educados en el país, que combinan de maneras diferentes su pertenencia nacional con las tradiciones familiares.
El fenómeno no puede comprenderse únicamente como la llegada de nuevas poblaciones. Se trata también de la transformación interna de una sociedad que debe definir cómo integrar su creciente diversidad dentro de un marco institucional común.
La tradición republicana francesa establece que la ciudadanía debe prevalecer sobre las diferencias de origen y religión. La laicidad constituye uno de sus principios fundamentales: las instituciones públicas deben garantizar la libertad de conciencia y organizarse conforme a leyes comunes, independientes de las prescripciones religiosas.
Las dificultades aparecen cuando determinadas concepciones religiosas pretenden adquirir una autoridad normativa superior a la legislación civil. Las corrientes del islamismo político que sostienen esa pretensión plantean una discusión legítima sobre su compatibilidad con el orden republicano. Pero sería equivocado extender esas posiciones a todos los musulmanes franceses, cuyas prácticas, creencias y orientaciones políticas son diversas.

El conflicto no se reduce, por lo tanto, a una confrontación entre religiones. Se refiere a los principios jurídicos y cívicos que deben organizar la convivencia.
La República tiene que garantizar simultáneamente la libertad religiosa, la igualdad de sus ciudadanos y la primacía de la ley común. Esa convivencia exige instituciones capaces de asegurar derechos, hacer cumplir obligaciones y ofrecer oportunidades efectivas de integración.
La transformación demográfica, además, presenta características más complejas de lo que sugieren algunas interpretaciones políticas. Según una investigación del INSEE basada en datos de 2019 y 2020, entre los residentes de Francia metropolitana de 18 a 59 años, el 29 % se identificaba como católico, el 10 % como musulmán y el 51 % declaraba no profesar religión.
El dato es particularmente revelador. La pérdida de centralidad social del cristianismo no puede atribuirse solamente a la inmigración. También responde a un proceso de secularización desarrollado dentro de la propia sociedad francesa. Francia experimenta simultáneamente una creciente diversidad religiosa y un alejamiento de las prácticas religiosas tradicionales entre sectores importantes de su población.
Ambos procesos contribuyen a modificar su paisaje cultural, aunque sus causas y consecuencias sean diferentes.
En determinados sectores aparece la percepción de que esas transformaciones avanzan con mayor rapidez que la capacidad de las instituciones para administrarlas. Esa inquietud influye sobre el debate político y alimenta interrogantes acerca del futuro de la identidad nacional.
Algunas proyecciones difundidas en redes sociales llegan a afirmar que Francia podría convertirse en un país de mayoría musulmana hacia 2040. Sin embargo, los estudios demográficos disponibles no respaldan esa conclusión. Una proyección del Pew Research Center estimó, bajo un escenario de migración media, una población musulmana equivalente a aproximadamente el 17 % de los habitantes franceses hacia 2050.
El hecho de que determinadas previsiones extremas carezcan de fundamento estadístico no elimina la existencia de cambios culturales ni las preocupaciones que suscitan. Obliga, más bien, a distinguir los procesos comprobables de las percepciones políticas construidas alrededor de ellos.
Existe entretanto otro fenómeno que merece atención por lo que revela acerca de la confianza en las instituciones. Durante 2025, alrededor de 3.400 personas procedentes de Francia emigraron hacia Israel. Según las autoridades israelíes, durante los primeros nueve meses y medio de 2026 ese movimiento ya había alcanzado aproximadamente 3.950 personas. Entre los motivos expresados por algunas de las familias que decidieron marcharse aparece una preocupación particularmente significativa: la sensación de que Francia ya no les ofrece las garantías de seguridad necesarias para imaginar allí su vejez.
Las razones de esas decisiones son diversas y no pueden reducirse a una sola explicación. Pero cuando ciudadanos que han desarrollado sus vidas en una nación consideran que deben buscar en otro país la tranquilidad que sienten haber perdido, el problema deja de pertenecer exclusivamente al terreno migratorio. Se convierte también en una cuestión de confianza en las instituciones encargadas de protegerlos.

No se trata de atribuir esa inseguridad colectivamente a una comunidad religiosa o de establecer relaciones causales que los datos no demuestran. Se trata de advertir que la percepción de protección y pertenencia constituye uno de los componentes esenciales de la legitimidad del Estado.
La Francia contemporánea enfrenta así una exigencia que combina integración, seguridad y preservación de los principios republicanos. La cohesión social no depende únicamente de la distribución de beneficios económicos. También requiere que ciudadanos de distintas creencias y orígenes reconozcan la autoridad de unas mismas instituciones y encuentren en ellas garantías efectivas para ejercer sus derechos.
El desafío no es exclusivamente francés. Alemania, Bélgica, Países Bajos, Italia y España también mantienen debates sobre inmigración, envejecimiento demográfico, integración cultural, protección social y sostenibilidad de sus finanzas públicas.
Las condiciones de cada país son diferentes, pero todos se enfrentan, de distintas maneras, con transformaciones que modifican los equilibrios sobre los cuales Europa construyó su estabilidad durante la segunda mitad del siglo XX.
La prosperidad económica, los sistemas de bienestar, las instituciones democráticas y una memoria histórica compartida contribuyeron durante décadas a sostener el proyecto europeo. Hoy, esos componentes enfrentan nuevas presiones.
Las economías deben financiar prestaciones sociales en sociedades envejecidas. Los gobiernos necesitan administrar flujos migratorios y desarrollar políticas de integración. Las instituciones enfrentan reclamos de seguridad, eficacia administrativa y representación. Y los ciudadanos observan estas transformaciones desde experiencias sociales y culturales que no siempre producen interpretaciones coincidentes.
Francia concentra buena parte de esas contradicciones.
Macron se aproxima a 2027 con una República atravesada por una deuda pública elevada, un sistema partidario fragmentado y una sociedad que expresa demandas económicas y culturales diversas. Su sucesor heredará restricciones financieras que no desaparecerán mediante un simple cambio de gobierno, junto con controversias sobre la identidad y la integración que requieren respuestas de largo plazo.

La próxima elección presidencial permitirá confrontar proyectos políticos diferentes. Pero no resolverá, por sí sola, problemas acumulados durante décadas.
La cuestión de fondo consiste en determinar qué acuerdos económicos, jurídicos y culturales pueden reconstruir la confianza entre gobernantes y gobernados. Francia necesita discutir cómo financiar sus compromisos sociales, cómo mejorar el funcionamiento de sus instituciones y cómo preservar los principios republicanos en una sociedad cuya composición es diferente de la que conocieron generaciones anteriores.
Su fortaleza histórica ha residido, en buena medida, en la aspiración de construir una ciudadanía común por encima de las diferencias de origen y religión. Esa pretensión enfrenta hoy una prueba especialmente compleja: mantenerse vigente en un contexto de diversidad creciente, restricciones económicas y desconfianza política.
Las llamas que hoy ocupan las pantallas terminarán extinguiéndose. Los edificios dañados podrán reconstruirse y las calles recuperarán su aspecto habitual. Mucho más difícil será recomponer la confianza de quienes consideran que el Estado ha perdido capacidad para garantizarles bienestar, seguridad y un futuro reconocible.
Porque una crisis de gobierno puede resolverse mediante una elección. Una crisis económica puede corregirse mediante reformas, crecimiento y acuerdos presupuestarios. Pero una crisis de confianza en las instituciones y en la continuidad de un proyecto nacional exige un esfuerzo político y social de otra naturaleza.
Francia no discute solamente quién ocupará el Palacio del Elíseo después de Macron. Discute qué compromisos permitirán que sus ciudadanos continúen reconociéndose en una misma República. Y, detrás de esa pregunta, comienza a perfilarse otra mucho más profunda: qué Francia encontrará Europa cuando llegue el año 2040.







