El autor de obras maestras como «Un lugar en el mundo» y «Tiempo de revancha» murió este domingo a los 82 años. Su partida marca el final de una era para la cinematografía de habla hispana, dejando un legado de guiones implacables y un compromiso inquebrantable con la narrativa social y los dilemas morales.
El cine argentino perdió este domingo a uno de sus narradores más lúcidos y rigurosos. Adolfo Aristarain, el director que logró amalgamar como pocos el cine de género con la crítica política y social, falleció dejando tras de sí una filmografía que es columna vertebral de nuestra identidad audiovisual. Conocido por su estilo sobrio y su obsesión por la solidez de los diálogos, Aristarain fue el mentor de historias que marcaron a fuego a varias generaciones.
Una trayectoria marcada por la coherencia
Nacido en Buenos Aires, su carrera estuvo definida por una independencia estética y política que lo llevó a filmar tanto en el país como en España. Su consagración definitiva llegó con películas que hoy son clásicos indiscutidos. En los años 80, con Tiempo de revancha (1981) y Últimos días de la víctima (1982), logró burlar la censura y narrar la violencia y la corrupción con una maestría técnica que renovó el policial negro.
Sin embargo, fue en los 90 cuando alcanzó su pico de popularidad y reconocimiento internacional. Con Un lugar en el mundo (1992) —ganadora del Goya y protagonista de una recordada polémica en los Oscar— y Martín (Hache) (1997), Aristarain exploró el exilio, la relación padre-hijo y la pérdida de las utopías, siempre de la mano de su actor fetiche y gran amigo, Federico Luppi.
Un legado de «buen cine»
Aristarain no solo fue un director de actores; fue un arquitecto de guiones. Sus historias no necesitaban de artificios visuales, sino de la potencia de la palabra y de personajes enfrentados a sus propios principios. Películas como Lugares comunes y Roma cerraron un ciclo de cine humanista que se resistía a las modas pasajeras de la industria.
La noticia de su fallecimiento generó un profundo pesar en el ambiente artístico y en el público, que reconoce en su obra una brújula ética. Con su partida, el cine nacional despide a un director que, por sobre todas las cosas, creía en el poder de una buena historia bien contada para entender quiénes somos y hacia dónde vamos.







