El Xeneize cayó 1-0 ante Cruzeiro en un partido marcado por la temprana expulsión de Bareiro. El equipo de Úbeda entró en el juego físico y las provocaciones del local, terminó refugiado en su área y no logró patear al arco en toda la noche. Con este resultado, queda segundo en su zona y complica su posición en la Copa.
Belo Horizonte fue el escenario de un partido quebrado, donde el fútbol quedó en segundo plano para dar lugar a una batalla de fricciones. Boca Juniors resignó una racha de 14 partidos sin conocer la derrota tras caer por la mínima ante un Cruzeiro que, sin ser ampliamente superior en lo futbolístico, fue mucho más inteligente para leer el contexto del encuentro.
Desde el pitazo inicial, el escenario fue hostil: campo pesado, pelota lenta y un planteo físico que invitaba al roce constante. En ese terreno, el equipo de Claudio Úbeda aceptó el convite de la «testosterona» y terminó pisando el palito. La expulsión de Adam Bareiro antes del descanso no fue una sorpresa, sino el desenlace lógico de un jugador que venía disputando cada acción al límite reglamentario. Si bien la primera amarilla sobre Gerson fue discutible por la simulación del brasileño, el paraguayo ya estaba en el ojo de la tormenta por su participación en cada tumulto.
Un cambio de esquema que no dio réditos
En el complemento, Úbeda intentó reordenar las piezas. Primero mantuvo un 4-4-1 con Merentiel como único faro, pero promediando la etapa decidió mover el tablero: línea de tres centrales con el ingreso de Figal y la apuesta por la velocidad de Zeballos en lugar de la «Bestia».
Sin embargo, el movimiento no surtió el efecto deseado. En lugar de encontrar salidas rápidas de contragolpe, Boca se atrincheró aún más cerca de Leandro Brey. Al «Changuito» le faltó el oficio de Merentiel para aguantar el balón y darle aire a un mediocampo que ya lucía desgastado por el esfuerzo defensivo.
Cruzeiro, con paciencia y ante una multitud a su favor, empezó a mover la pelota buscando la fisura en el cerrojo argentino. Avisó con un cabezazo de Fabricio Bruno y un remate de Araujo, hasta que a pocos minutos del final llegó el golpe definitivo. Un pase filtrado de Pereira rompió líneas para que Kaio Jorge enviara un centro letal que Villarreal solo tuvo que empujar sobre la línea de sentencia.

El dato más preocupante que deja la excursión por Brasil es la nula producción ofensiva: Boca terminó el partido sin registrar remates al arco rival. El equipo se dejó llevar por el «juego picante» del rival y se olvidó de jugar, terminando el encuentro nuevamente entre empujones y provocaciones que casi derivan en un escándalo final.
No es una crisis, pero sí una señal de alerta. En la Copa Libertadores, la madurez y la viveza suelen pesar más que el ímpetu físico. Boca tomó el camino equivocado en Belo Horizonte y ahora deberá revalidar sus credenciales en la clasificación para no poner en riesgo su futuro en el certamen continental.







