Un plantel de mujeres de distintos departamentos desafía el invierno sanjuanino en el playón del barrio 19 de Abril. Entrenan al borde de la medianoche, después de trabajar y cuidar a sus hijos. Sin sponsors ni subsidios, costean las camisetas y los árbitros organizando rifas y bingos para competir de igual a igual en la Liga local.
Las noches en la provincia ya vienen picando fuerte. El frío polar baja temprano y, pasadas las 22:00, las calles sanjuaninas empiezan a vaciarse por completo. Sin embargo, en el polideportivo de calle Nueva Argentina la realidad es otra: las luces se encienden al taco y el playón del barrio 19 de Abril recobra vida gracias a una fisonomía cargada de empuje, garra y pasión.

El reloj marca las 21:30 y, de a poco, las primeras jugadoras hacen su ingreso. Con una mochila al hombro, un mate que queda apoyado en un rincón de la cancha y las pelotas número tres listas para el roce contra la red, se rompe la quietud de la jornada. Tras los saludos de rigor, se inician los movimientos precompetitivos para ganarle la pulseada a la helada inmóvil y largar los primeros tiros al arco. El rectángulo de cemento de 40×20 deja de ser un bloque de hielo cuando ellas pisan la cancha.
El equipo está conformado por mujeres provenientes de distintos puntos cardinales de San Juan. El plantel exhibe un marcado federalismo interno, con jugadoras que se trasladan desde Rawson, otras que llegan desde la lejanía de Calingasta y de diversos departamentos, articulando un esfuerzo enorme para poder entrenar aunque sea un rato.

La ingeniería horaria detrás de la pasión
Antes de pisar el playón, la rutina de las deportistas estuvo marcada por pesadas jornadas laborales, tareas del hogar, la crianza de los hijos y la preparación de las cenas familiares. Por este motivo, el horario nocturno no se negocia: entrenan tarde porque representa el único momento del día en el que logran coordinar agendas, conquistar un espacio propio y salir a picar la pelota.
«Tenemos chicas que son policías, profesoras… venimos el día que se puede», confió una de las jugadoras mientras se acomodaba el buzo para iniciar la práctica. El rigor del invierno en el playón abierto se hace sentir, pero la intensidad de los ejercicios diluye el abrigo rápidamente. «Yo soy de Rawson, preparo todo en mi casa y después me vengo para acá. Esto es un sacrificio, pero también es una pasión», detallaron desde el búnker del equipo.
En la dinámica diaria, las demoras de unos minutos por parte de alguna integrante son moneda corriente; el trajín del día, el colectivo que se retrasó o una urgencia de último momento en el hogar pesan en las piernas. Sin embargo, la asistencia al playón está garantizada porque saben que el resto del plantel las aguarda y que el fin de semana hay que salir a la cancha a defender los colores en el torneo local.

Autogestión absoluta para sostener el sueño
La estructura de IMAP carece de grandes infraestructuras, subsidios gubernamentales o sponsors comerciales que alivien la economía del club. Todo lo que el equipo genera se edifica estrictamente a pulmón.
Desde la confección de las camisetas oficiales hasta el pago de las inscripciones del torneo de la Liga de Handball y los aranceles de los árbitros en cada jornada, el financiamiento sale exclusivamente de los beneficios organizados por las propias jugadoras. Las ventas de empanadas, la organización de rifas y los bingos barriales constituyen los únicos motores económicos para garantizar la permanencia en la competencia. «Hacemos beneficios, bingos, ventas de comida… de todo para poder seguir», sintetizaron.
A fuerza de sacrificio, IMAP consolidó un crecimiento sostenido. Lo que nació como una propuesta recreativa fue ganando volumen táctico y hoy las jugadoras le plantan cara a cualquier rival dentro del campeonato sanjuanino. Mientras la helada cae sobre el pavimento de calle Nueva Argentina, este grupo de madres y trabajadoras encuentra en el playón del barrio 19 de Abril un refugio propio: un rato indispensable para escaparle a la rutina, reírse y compartir entre amigas.








