La institución chimbera, nacida en 2015 por el impulso de un grupo de padres, se convirtió en un faro social sobre la Avenida Benavídez. Sin cobrar cuota obligatoria, el club ofrece fútbol, hockey, futsal y folklore, además de sostener un merendero a puro pulmón para que a ningún pibe le falte un vaso de leche.
En Chimbas hay un campeonato silencioso que se juega todos los días y no figura en ninguna tabla de posiciones. Es el que lidera el Club Social y Deportivo Defensores de los Andes, una institución donde el fútbol empieza mucho antes del pitazo inicial: arranca cuando una madre aporta un paquete de galletitas, cuando un vecino acerca leche o cuando los dirigentes organizan una rifa para pagar la boleta de la luz. Ubicado sobre la Avenida Nazario Benavídez, a metros de la Ruta 40, «El Viole» dejó de ser un simple equipo de barrio para transformarse en una gigantesca red de contención social.
La historia oficial del club tiene fecha de fundación el 2 de junio de 2015, aunque sus primeros cimientos se remontan a una escuelita de fútbol llamada Modelo, que comandaba Armando Tejada. Con el tiempo, los mismos padres que acompañaban a los chicos se involucraron al punto de transformarse en entrenadores y directivos. “Nos metimos muy de lleno y terminamos siendo los profes”, repasa entre risas José Vega, actual presidente y uno de los grandes motores de la entidad.
Los comienzos estuvieron marcados por el nomadismo; durante años debieron entrenar en distintas plazas de la zona, fundamentalmente en la del barrio Los Andes. La historia cambió en 2018 cuando lograron asentarse en un terreno deshabitado donde operan en la actualidad. Desde entonces, el gran anhelo de la comisión es regularizar la situación dominial. “Estamos luchando para obtener el terreno y dejarle el día de mañana su lugar a nuestra institución”, anhela Vega.

Un gigante federal y sin billetera
Pese a las limitaciones de infraestructura, el crecimiento de «El Viole» a base de pulmón y esfuerzo es categórico. Hoy la institución alberga a una masa de entre 400 y 450 deportistas de todas las edades. El abanico de disciplinas incluye fútbol 11 (masculino y femenino en Primera, Cuarta, inferiores y escuela), futsal (masculino, femenino e inferiores), hockey sobre césped, mami-hockey y hasta talleres estables de folklore.
Toda esta estructura se sostiene bajo una premisa innegociable en la zona: en Defensores de los Andes no existen las cuotas sociales obligatorias, sino un aporte mínimo y voluntario para aquellos que tienen la posibilidad económica de afrontarlo. “Es un lugar muy jodido. Hay chicos que vienen con los abuelos, chicos de los que ni conocemos al papá o a la mamá”, describe el presidente, fijando el norte de la institución: “La idea no es sacar solamente deportistas, sino buenas personas”.

El merendero: combatir el hambre con amor
El rol social del club caló aún más hondo antes de la llegada de la pandemia, cuando el cuerpo de entrenadores detectó que muchos chicos asistían a las prácticas vespertinas directamente desde el colegio y sin haber ingerido alimento alguno en toda la jornada. “Había chicos que venían sin tomar nada”, rememora Vega.
La reacción de la barriada fue inmediata. Se activó una cadena solidaria donde una familia aportaba leche, otra conseguía chocolate, yogur o facturas, dando forma a una merienda comunitaria que hoy sigue firme gracias al respaldo de los vecinos y comercios de la zona. Las tómbolas y sorteos complementan los ingresos necesarios para costear los servicios básicos, demostrando que en el club nada sobra, pero todo se comparte.

Semillero de cracks con los pies en el barrio
La mística de Defensores de los Andes no solo se traduce en contención, sino también en jerarquía deportiva. De sus canchas de tierra surgió Francisco “El Chiqui” Álvarez, defensor sanjuanino de rutilante actualidad en la Liga Profesional y flamante finalista del Torneo Apertura con la camiseta de Argentinos Juniors. Asimismo, de la cantera chimbera brotó el talento de Gastón “El Chino” Vega, jugador actualmente ligado a las filas de Olimpo de Bahía Blanca.
No obstante, en el buffet y los pasillos de «El Viole» tienen en claro que los trofeos más valiosos no son los que terminan en los canales de televisión. Para la barriada, la verdadera victoria es la de aquel chico que elige el club antes que la calle, el que logra terminar la escuela y el que encuentra en esa porción de Chimbas un lugar seguro donde crecer y construir esperanza.








