En junio de 2020, en el contexto más estricto del aislamiento por COVID-19, Jimena Aquino ingresó a una clínica de Ramos Mejía convencida de que sufría una severa intoxicación alimentaria. Sin embargo, una ecografía de urgencia reveló que cursaba la semana 38 de gestación. Su hijo, a quien llamó «Juanchi», nació apenas 90 minutos más tarde. El impactante caso visibiliza el fenómeno del embarazo críptico, una condición médica donde el proceso gestacional pasa completamente desapercibido hasta las fases finales o el momento del parto.
La madrugada del 4 de junio de 2020 quedó grabada para siempre en la vida de Jimena Aquino como un torbellino de incertidumbre, miedo y un milagro médico inesperado. En momentos donde el sistema sanitario operaba bajo el estrés extremo y los rígidos protocolos de la pandemia de coronavirus, la joven experimentó un cuadro agudo de malestar generalizado que la llevó a pensar que su vida corría peligro, ignorando por completo que lo que su cuerpo atravesaba era, en realidad, el trabajo de parto.
El proceso comenzó durante la noche en su domicilio de Hurlingham. Al manifestar dolores intensos tanto en el abdomen como en la zona lumbar, Jimena solicitó una ambulancia de emergencias que, debido al contexto de saturación sanitaria de la época, demoró horas en arribar. «Me dolía la panza, me dolía la espalda. Llegué a decir ‘me estoy muriendo’ porque la falta de información me generaba un terror absoluto», rememoró en una entrevista en vivo, explicando que en aquel momento atribuyó erróneamente el origen de su sufrimiento a una supuesta intoxicación tras haber ingerido unos bizcochos vencidos en su espacio laboral.
De una presunta infección urinaria al diagnóstico ecográfico
Al ingresar finalmente a la guardia médica en Ramos Mejía, el panorama inicial estuvo marcado por la distancia física impuesta por los protocolos de bioseguridad del personal de salud. Tras una primera administración de analgésicos que no logró aplacar las dolencias, el médico de guardia barajó dos hipótesis preliminares antes de ordenar estudios de mayor complejidad: un cuadro agudo en la vejiga o un embarazo en curso.
La incertidumbre se disipó de golpe en la sala de imágenes. Al apoyar el transductor sobre su abdomen, el especialista fue categórico:
“Estás embarazada”, le comunicaron. Al preguntar Jimena de cuánto tiempo, la respuesta la dejó en estado de shock: “38 semanas”. “En ese instante se me vino la película encima y entendí todo: lo estaba teniendo”, relató la mujer. Desde ese diagnóstico de urgencia hasta el nacimiento de su hijo transcurrió apenas una hora y media.
El caso corresponde a un embarazo críptico, una condición donde la persona gestante no reconoce su embarazo hasta etapas avanzadas o el parto – Gaston Taylor.
¿Por qué ocurre un embarazo críptico?
Tras el nacimiento de «Juanchi», Jimena comprendió a través de la literatura médica y las consultas ginecológicas que su experiencia técnica se denomina embarazo críptico o silencioso. Aunque socialmente se percibe como un mito urbano, diversos profesionales de la salud le confirmaron posteriormente que es una realidad clínica más recurrente de lo que se divulga de forma pública.
En el caso particular de Aquino, confluyeron múltiples factores biológicos y coyunturales que explican la total ausencia de señales físicas evidentes durante los nueve meses de gestación:
Irregularidad menstrual crónica: La mujer convivía con ciclos menstruales sumamente irregulares, habiendo registrado incluso episodios de sangrado uterino en marzo de ese año (a los seis meses de gestación), lo que interpretó erróneamente como su período normal.
Falso negativo en pruebas caseras: Al inicio del proceso se había realizado un test de embarazo de farmacia cuyo resultado fue negativo. Posteriormente, los especialistas le indicaron que la ventana temporal y la concentración hormonal en el momento de la prueba pueden alterar drásticamente los resultados diagnósticos.
Fisonomía abdominal alterada: Jimena contaba con antecedentes de cirugías bariátricas debido a un marcado descenso de peso. Los médicos evaluaron que, al haber sido las paredes del abdomen previamente tensadas y modificadas por las intervenciones, la estructura muscular contuvo el crecimiento uterino hacia el interior, evitando la formación de la clásica «panza de embarazada».
El factor pandemia: Las severas restricciones de circulación del primer tramo del año 2020 truncaron por completo sus controles ginecológicos de rutina. Jimena tenía programados turnos de estudio para el mes de abril, los cuales debieron suspenderse por la emergencia sanitaria del COVID-19.
Un nacimiento a ciegas y la construcción de una red de contención
El alumbramiento representó un desafío logístico de alta tensión para el equipo de obstetricia de la clínica. Al no existir una sola ecografía previa, análisis de sangre, monitoreos ni registros prenatales de ningún tipo, el personal médico desconocía por completo el estado de salud y maduración del feto. Por tal motivo, la sala de partos requirió la presencia de un equipo ampliado de neonatólogos listos para intervenir ante cualquier anomalía. Afortunadamente, el bebé nació en perfectas condiciones de salud y sin complicaciones asociadas.
El impacto emocional continuó fuera del quirófano. Jimena no se encontraba en pareja, la relación con el progenitor había sido ocasional y carecía de una cuna, pañales o prendas básicas para un recién nacido. Ante la imposibilidad de que su madre la acompañara físicamente en la clínica por tratarse de una persona mayor de 65 años perteneciente a los grupos de riesgo de la pandemia, una amiga íntima asumió el rol de acompañante y posterior madrina del niño.
La cadena de solidaridad vecinal y afectiva se activó de inmediato: al día siguiente del parto, sus compañeras de trabajo y allegadas le acercaron mudas de ropa —que en su mayoría eran de niña, dado que era el stock disponible en su entorno—. Días después, Jimena procesó la noticia y convocó a su familia a una videollamada grupal para presentarles formalmente a su hijo. Tras el alta médica, Jimena dejó su departamento en Hurlingham para mudarse junto a su madre, logrando estructurar una sólida red de crianza. «Sin toda esa red de contención de amigos, compañeros y padrinos, afrontar esta realidad hubiera sido una tarea imposible», concluyó.
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