Lo que ocurrió este miércoles en el Madison Square Garden no fue solo un partido de básquet; fue una de esas noches donde el deporte cruza la frontera de lo imposible. Los New York Knicks lograron la remontada más grande en toda la historia de las finales de la NBA, levantando un déficit de 29 puntos frente a los San Antonio Spurs para imponerse por 107-106 en un final que paralizó a toda la ciudad.
El arranque del juego parecía sentenciado. Los Spurs de Wembanyama entraron a la cancha con una agresividad feroz, castigando desde el perímetro y silenciando al Garden al irse al descanso con un contundente 76-49, la mayor diferencia registrada para un visitante en la historia de las finales. Sin embargo, lo que vino después fue una lección de carácter. Tras el descanso, los Knicks salieron con otra energía y, bajo la conducción magistral de Jalen Brunson, autor de 36 puntos, y el protagonismo ofensivo de OG Anunoby, empezaron a descontar una diferencia que parecía un muro infranqueable.

El desenlace fue puro cine. Con San Antonio arriba por la mínima y apenas un segundo en el cronómetro, Brunson lanzó un triple desesperado que no entró. Pero ahí, en la pintura, apareció Anunoby para elevarse y corregir la trayectoria con un palmeo agónico que selló el 107-106 definitivo. Fue, en palabras del entrenador Mike Brown, el tiro más icónico en la historia del baloncesto de Nueva York, un momento que Karl-Anthony Towns no dudó en bautizar como la “mano derecha de Dios”.
La locura se desató en todos los rincones, incluso en el hotel de concentración de la selección de fútbol de Estados Unidos, donde los jugadores festejaron el triunfo como propio en la previa de su debut mundialista. Con esta victoria, los Knicks se ponen 3-1 arriba en la serie y quedan a solo un paso de conquistar su primer anillo desde 1973. Este sábado, en San Antonio, Nueva York tiene la oportunidad de cerrar una gesta que, pase lo que pase, ya está escrita con letras de oro en los libros del deporte mundial.







