José Flores Flores nació en la Península de Nicoya, Costa Rica, una de las célebres «Zonas Azules» del planeta. A punto de ser validado como el hombre más longevo del mundo, el tico asegura que el secreto de su vida centenaria no incluye suplementos ni dietas estrictas, sino el trabajo físico sostenido, la calma rural y un desayuno diario a base de gallo pinto, queso fresco y plátano frito.
En la localidad de Obandito de Sardinal, en la provincia costarricense de Guanacaste, vive José Flores Flores, un hombre nacido el 11 de julio de 1907 que se encuentra tramitando la validación internacional para ser reconocido oficialmente como la persona más longeva del mundo a sus 119 años. En una región célebre por la concentración de habitantes centenarios, su caso volvió a poner bajo la lupa científica el impacto real que tienen los hábitos sencillos, el entorno social y la alimentación poco procesada en la longevidad humana.
A diferencia de las modas nutricionales o las fórmulas de laboratorio, el desayuno habitual de Flores no ha variado en décadas: arroz y frijoles (el tradicional gallo pinto), queso fresco y plátano frito. Los especialistas en salud y longevidad destacan que su dieta representa el modelo funcional de la región: platos caseros elaborados con productos orgánicos de estación, ausencia de ultraprocesados y rutinas marcadas por la luz solar, acompañadas por el movimiento constante que exige la vida rural y un firme sostén en las redes familiares y comunitarias.


Zonas Azules y el «Power 9»: por qué la genética no lo es todo
La historia de Flores se enmarca en las investigaciones sobre las denominadas «Zonas Azules» (como Nicoya en Costa Rica, Cerdeña en Italia u Okinawa en Japón), estudiadas por referentes como Dan Buettner y el cardiólogo Eric Topol. Diversos estudios estiman que apenas entre el 20% y el 25% de la longevidad responde a factores genéticos, mientras que el 75% restante depende de las dinámicas del entorno: alimentos saludables al alcance, movilidad activa integrada a la vida cotidiana (como caminatas comunitarias o jardinería) y la pertenencia a círculos sociales afectivos.
Pese al lógico desgaste articular y auditivo propio de su edad, Flores camina a diario con su andadera para saludar a sus vecinos y escuchar a las aves de la zona. «La clave está en trabajar mucho, encomendarse a Dios y comer sano», afirma con sencillez el centenario costarricense, cuyo estilo de vida vuelve a demostrar que la longevidad no es un objetivo que se persigue con obsesión, sino el resultado natural de un entorno equilibrado.
Fuente: Infobae.








